Era sábado. Tú querías haberte quedado en casa, pero tus
amigas te habían convencido para salir.
La noche empezó mal. No tenías ganas de nada, y, mientras
todos bailaban, tú te habías sentado en uno de los pocos sillones que quedaban
libres.Desde allí lo viste. No te lo podías creer. Estaba con otra.
Automáticamente te levantaste. Sin apenas darte cuenta,
estabas fuera. Necesitabas despejarte.
Empezaste a caminar. La calle estaba vacía, pero a ti no te
importó. Es más, lo agradeciste.
De pronto, las lágrimas empezaron a brotar de tus ojos sin
control. Estabas desconsolada. En ese momento, sólo recordabas los te quiero
que te había dicho, y que tú, como una tonta, te habías creído.
-¿Por qué esta vez iba a ser diferente?- dijiste en la
oscuridad de la noche-. ¿Por qué me lo creí todo si siempre me pasa lo mismo?Y, en ese mismo instante, te diste cuenta. Te gustaba de verdad. Tú, la chica reservada y que siempre pasaba desapercibida. Él, el que siempre estaba en primer plano, el que siempre llamaba la atención.
Aquella noche, todo cambió. Te prometiste a ti misma que ibas a pasar de todo lo que la gente dijera, que ibas a luchar por todo lo que quisieras. Y lo ibas a cumplir.

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